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Mi Buena Presencia

Voy escribiendo esta crónica mientras camino, más o menos, desde la altura del Wal-Mart hasta mi casa (entre Patio Alvear y Palomar). Son casi las siete de la mañana. Por ahora voy llegando a la esquina Colorada, acabo de ver una chica de la facultad de filosofía y letras, probablemente estudie letras. Ella me conoce, me saluda y me llama por mi nombre. No puedo recordar a esta hora de la madrugada quién es. Me parece sospechoso encontrármela. Pero sigo escribiendo, en realidad, grabando en mi celular para transcribirlo después. Ya me ha pasado que luego me olvido la mitad de las cosas.

Ayer, cerca de las 17hs salí de mi casa camino a mi trabajo. La primer parte fue odiosa, consistió en cambiarle la presencia a todo un salón de fiestas de Santa Lucía (Galana). Colocar tanto número de sillas, armar tanto número de mesas, colocarle una funda a cada una de las sillas, ponerle un mantel a cada una de las mesas, ponerle algo así como una tela, que no se bien el nombre, arriba del mantel (eso también ayuda en la presencia); no es el centro de mesa, de eso estaba encargado otro tipo, del que no sabría decir en que consistía su trabajo, pero que sin duda cobraba más que nosotros. Aunque no es tan feliz como nosotros, claro. Luego colocamos algo así como una faja a cada silla, que también le cambiaba la presencia. Me he dado cuenta que en éste rubro usamos mucho la palabra “Presencia”. Métase la camisa adentro del pantalón que da mala presencia, ajústese bien la corbata, súbase la bragueta. Etcétera.

Cuando llegó la hora de planear la entrada de los platos dijeron, la presentación la hacemos así, uno va para allá, otro se queda en el medio, el otro etc. Y luego nuestro jefe me mira y dice, ya sabemos que él no sabe nada. Lo que no es del todo malo, si entendemos por eso, que poseía en esa noche, un tipo de licencia especial para equivocarme de ser necesario. Que no hizo falta claro, pues en el fondo siempre fui mozo.

Mi amigo Juan, me dijo que había sido el mejor trabajo que tuvo en su vida. Y ya me predispuse de otra manera, porque antes había sacado cuentas entre las horas y la paga y no me parecía del todo conveniente. Iba a ser Barman, ayudante de Barman y Mozo. Itinerante entre esas tres cosas.

Después llegó el momento de la recepción. Yo tenía una bandeja con dos tipos de bocaditos, uno con un mousse de queso cheddar + albaca + tomatitos cherry + semillitas de alguna poronguita de esas que se usan ahora como sésamo, chía o algo x el estilo; y también servía bocaditos de pan tostado con jamón crudo + una base de aceite de oliva y semillas de poronguita.

Éramos cuatro mozos: mi amigo Sebastián, que tuvo la consideración de recomendarme en este trabajo; dos veteranos que son lo que se dice: “mozos de alma”, pues disfrutan de su trabajo y tienen un manejo de la bandeja impresionante, al punto que podían bailar con una bandeja llena de copas o de platos sucios; y por último un pibe que por momentos pensaba que era el jefe de todo el salón, no recuerdo bien su nombre pero tenía cara de Leandro y le decían Tatín, Tintin o Tontín, un soquete marca cañón, al que todos, tácitamente, decidimos ignorar.

Se me vino otra vez a la cabeza la chica esta. ¿Quién es? También he visto que saluda a algunas de mis compañeras. Volviendo sobre lo que iba, los veteranos me dieron un montón de consejos. Y hubo un momento, en que uno de ellos comenzó a contar una historia. Al parecer, era de lo más entretenida porque todos lo observan sin distraerse. No tenía ni para comprarme un champoo, dijo, y luego aclaró que en ese tiempo tenía pelo y todos rieron. Reconozco de lejos un narrador nato, pero estaba demasiado lejos para escuchar la historia; en cuanto quede cerca le pedí de manera indirecta o no tan indirecta, que la contara de nuevo. Pero entonces nos interrumpieron de nuevo. Supongo que ya tendré otra oportunidad.

Como a eso de la una de la noche el tiempo se detuvo. Si mirás la hora a cada rato es peor, me dijo uno de los veteranos. Por mientras trataba de ir recogiendo las botellas vacías y demás cosas para matar el tiempo. Lo más lindo de la noche fue cuando me tocó estar en la barra. Es lo mío. Debo haber preparado alrededor de 100 camparis; alrededor de 200 gancias; alrededor de 300 speed con vodka; y unos 600 fernet con coca. No hubo tragos con mayor preparativo como puede ser un mojito, un camarón Bombay, caipiroska o malibú. Y la bebida alcanzó por lo justo.

Había una chica rubia que debe haber tomado unos 7 u 8 speed con vodka, y el novio la misma cantidad. Y no parecían estar tan mal. Le dije al Seba que se parecía a la de Sin límites, la película de la pastillita que mejora la actividad cerebral. Y el Seba estuvo de acuerdo. También había dos chicas muy rubias y muy maquilladas, por un momento pensé que se acababan de poner una inyección de botox. El pajero de mi jefe no sabía qué hacer para llamar la atención. Había también dos chicas que siempre pedían fernet y no se parecían en nada, pero les pregunté si eran hermanas. Porqué pensás que somos hermanas, preguntó una. Porque tienen los mismos ojos, dije, aunque en realidad no tenían los mismos ojos. Y entonces me dijeron que sí, que eran hermanas y después se rieron. Me están chamuyando ¿verdad? Y entonces se rieron de nuevo y me dijeron que sí, me estaban chamuyando. Una de ellas tenía ojos claros y muy celestes, como si fueran pupiles, y me preguntó qué ojos me gustaban más. La pregunta me pareció odiosa y le dije que los de su amiga. ¿Por qué? Porque me sostiene la mirada mientras la miro, dije mirando la amiga que se quedó mirándome un momento. Después se fueron pero la de ojos claros volvió por un segundo y me dijo, Ojo con mi amiga. Me parecieron puros celos. Entonces vi por primera vez en la noche a la chica extraña; se paseaba entre el resto de los invitados y observaba desde lejos la barra.

Era una fiesta de quince, en un evento así, los padres de la chica gastan entre 150mil y 200mil pesos, tal vez más si contamos un posible viaje o cuestión por el estilo por fuera de la fiesta. Pensé que si tenía una hija o hijo y me pedía ese tipo de cosas me iba a sentir un total fracasado. A la niña del cumpleaños le quedaban bien los adjetivos “grande o grandota”; estaba un poco por afuera de los cánones de belleza actual (unos cánones de mierda, por supuesto), por lo que probablemente era una chica acostumbrada a no exponerse tanto y era muy poco natural a la hora de moverse y cumplir con los distintos pasos que debe realizar el espécimen (ya sea hombre o mujer o el género que sea) que cumple años o egresa del secundario o incluso contrae matrimonio. En otras palabras, por un lado parecía estar la fiesta y por otro la chica, haciendo un esfuerzo enorme por mantener una felicidad acorde a esta clase de exámenes. La situación me recordaba a esos certámenes de belleza locales, pero de una manera particular, pues la otra impresión que flotaba en el aire era que el certamen estaba arreglado y todos fingían no saberlo. Fue entonces, como frutilla de la torta, que el hermano de la quinceañera ingresó con un oso gigante y lo llevo hasta la mesa de regalos. (Todos trataban de tener una energía acorde al suceso). Cuando ya casi no quedaba gente en el salón y habían encendido las luces, dicho hermano se acercó y nos dijo con cierta presunción que el valor del oso ascendía a 4600 pesos, más o menos lo que gasto en el mes. (Y hago aquí un pequeño inciso: no se lo veía muy seguro de esa presunción, como si tal vez, en el fondo, sospechara que estaba presumiendo su propia estupidez; estupidez, que a mi ver, no era de su exclusiva propiedad, pues esa noche se apuntalaba en la estupidez general de no poder discernir –como dijo el poeta-: “el lujo como una vulgaridad”). Fue entonces que nuevamente, seguido de su falsa presunción, como tratando apuntalar algo que se caía a pedazos, nos mostró una foto de Marley, el conductor de televisión, junto a un oso similar. Fue él quien me inspiró, dijo. Y yo no supe si agarrarlo del cuello o largarme a reír.

Finalmente llegó el mejor momento de la noche, el momento en que recibo una minúscula porción de la gran torta que pagan los que quieren tener bellos recuerdos que mostrar. Luego todo pareció aumentar de velocidad: apilamos las sillas, retiramos las mesas, apagamos las luces y cerramos con llave. El salón parecía quedarse durmiendo. Todos nos íbamos. Nos acercó hasta la ciudad Ramón, un tipo cuyo trabajo desconozco en qué consistía, pero que tomó aproximadamente dos botellas de frizee azul, que al parecer no lo afectaban en lo más mínimo en su forma de manejar, incluso él decía que la mejoraba. Entramos por algunas calles de Pocito a dejar una mujer y un hombre que trabajaron en la cocina. Y luego tuve la impresión de avanzar por la espalda de San Juan, si es que es posible tal cosa, pero aparecimos por el lado opuesto a la forma, que en general, yo tengo de llegar al departamento de mi amigo Sebastián, en las cercanías del Wal-Mart. Nos tomamos un café, repasamos algunas cosas de la noche, nos fumamos un pucho, y luego le dije que me iba.

Está amaneciendo y las luces amarillas parecen hacer su último esfuerzo. Camino hacia mi casa. Hay una chica más adelante que sabe mi nombre y me va a saludar. Camino por las costillas del gran supermercado, saco mi billetera y cuento de nuevo la plata. Me gané hasta el último peso, pienso. Estoy conforme. En el momento que me pagaban, me dieron por error cien pesos de más. Ante aquella opulencia tan vulgar cualquiera me hubiera visto justificado. Pero eso me rebajaría a la altura de mi jefe. Me doy por pagado, pensé, con la impresión horrible de sus almas que vi esta noche. Y se me vienen a la cabeza los versos de un sabio (creo que Baudelaire), que más o menos dicen: “nuestro peor error ha sido, no habernos quedado en nuestras habitaciones, y salir a buscar la dicha entre la muchedumbre, en una prostitución que llamaría yo, Fraternitaria, si quisiera hablar la hermosa lengua de mi siglo”.