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Los Elegidos

Bajaba apurada por las escaleras de nuestra querida universidad y escuché al pasar o alguien me lo dijo al pasar, alguien en el orden de los conocidos porque amigos yo no vine a buscar a la facultad, que la profe Magui de Producción 2, traería a un invitado para la próxima clase.

Yo iba camino a mi casa, arriba del 14 entre un montón de personas con olor a sudor que salían de sus fajinas diarias; personas que un día (no está muy lejano), cuando mis reconocimientos hayan llegado (no tardan), no tendré que volver a ver (a Dios y a mis capacidades gracias). La cosa es que hice una lista mental con los primeros tres o cuatro nombres de autores que se me vinieron a la cabeza y traté de adivinar a quién traerían la próxima clase:

  • ¿Herman Koch, el famoso novelista holandés del que siempre habla la profe en clase y es resistido por la parte más oscura del curso? No, lo descarté enseguida porque nuestra querida universidad de filosofía no está para esos gastos.
  • ¿Álvaro Pombo, el novelista español que escribió “El héroe de las mansardas de Mansard”, y a ella le encantó, al punto de defenderlo en una discusión bastante acalorada con Javier, el recursante?

Recuerdo que ella dijo que ese libro pasaría a la historia. Y lo dijo perdiendo la mirada en el techo del aula, como si pudiera imaginar el futuro, un futuro donde Pombo recibía un premio de parte de toda la humanidad, y donde probablemente, ella hacía entrega en las manos de Pombo dicho premio. Y entonces, Javier de la nada, viene y dice, que salvo dos o tres profesores, el resto lee puras huevadas. Y comenzó una batalla campal, donde empezaron a morir muchos poetas, metafóricamente hablando, claro, pues esto es letras y las cosas jamás pasan de una comida de cuero fuerte, una dedicatoria obscena en los baños, un empujón cuando mucho o una empapelada en todas las paredes del curso acusándote de mala profesora. Casos más severos no se han visto.

El primero en morir fue Nicanor Parra, el antipoeta chileno, y Javier se quería comer hasta los bancos. Luego lo siguieron hacia el abismo R. Bolaño (aunque la profe Magui nunca ha leído a Bolaño), Soriano y hasta el mismísimo Juan Rulfo.

En manos de Javier murieron: Galeano, la Allende, Benedetti, García Lorca, la Bonelli, y hasta por un momento, estuvo a punto… de matar a la Pizarnick, pero luego se dio cuenta de que estaba por trasvasar hasta sus más caprichosos e infantiles límites, y entonces dio para atrás y mató a Cortazar a la pasada. No podés pensar así, dijo Magui totalmente acalorada. Yo puedo pensar como se me de el carajo, dijo Javier agitando un brazo que parecía estirarse cada vez más, un brazo de dos metros, un brazo acusador de dos metros que crecía hasta casi tocar a Magui. Todo parecía entonces, seguir las naturales sendas de una merecida expulsión. Hasta que alguien habló de Neruda y extrañamente, comenzaron a matarlo entre los dos. Y luego hablaron de Borges y Magui dijo que ella tenía un libro autografiado por Borges. Y Javier le preguntó si podía verlo. Y Magui le dijo que sí. Y ahí se calmó todo.

  • También se me cruzaron por la mente: Lemebel, cuya oscuridad lo hace sumamente atractivo para los militantes de izquierda, pero que según Javier el pueblo no lo lee. Y Nicanor Parra. Pero no sé en qué estaba pensando cuando en mi cabeza dije Parra. Solté un pequeño gritito en el colectivo, todos me miraron por un momento y luego siguieron su trance sudoroso.

Por suerte no se trataba de Parra, una cosa es ser un poeta, con todas las letras, como los maestros españoles y otra es ser un viejo payaso, al que dicho sea de paso y con perdón de nuestra Santa palabra, no se le entiende un carajo. Además si fuera Parra, los otros, la otredad morosa, se explayarían a sus anchas y quedarían mejor parados ante los profesores.

En fin, vuelvo a la pregunta en la que me quedé: ¿A quién traería Magui?

Me hubiera gustado que ella preguntara en clase, ¿adivinen quién va a venir? Y yo adivinar a la primera, pero no preguntó y antes se me ocurrieron un montón de otras cosas. Sin embargo, cuando escuché quien venía, me imagine a la profe Magui, a la profe Clarita y hasta el profe Trombino, felices, tan felices como se puede estar cuando algo así como una parte de ellos, de sus años dorados en la universidad, venía a visitarlos.

La que nos visitaba era la famosa doctora Klement, una ex profesora, mantenida en el formol de los recuerdo de todos, gracias a las continuas citas de la profe Magui. Una señora mayor que se había quedado ciega o casi ciega y que levantó polémica cuando dijo que ellos, me imagino que se refería a su generación, una generación diezmada por los años, por la vida que no perdona, por la naturaleza de la muerte misma, que ellos estudiaban sin calefacción y con goteras en el techo. Pues al parecer nos instaba a seguir esforzándonos, porque amaba su profesión o amaba demasiado el conocimiento o porque estaba de acuerdo con los recortes del gobierno.

Esa noche casi no pude dormir. Y a la mañana siguiente me tome el 14, aunque hubiera preferido un taxi o un uber y no impregnarme de ese olor que tienen los predestinados. Hay gente que nace para ser profesional y gente que nace para lavar los autos de los profesionales. Y de eso se trata todo.

Me bajé a unas ocho cuadras antes para que se me ventilara la ropa. Y no sé por qué, pero empecé a correr, aunque no iba a tarde, corría, y no podía parar de correr. Y a unos metros de las oficinas de OSSE me tuve que detener para recuperar el aire, pero entonces pensé en mis compañeros los recursantes y en los que pasábamos de año. Y pensé que por nada en el mundo tenía que llegar después de los morosos. Pues los primeros lugares del aula son para los buenos alumnos.


Me decepcioné un poco, porque no tuve la oportunidad de brillar, pero enseguida recordé que la diferencia entre los que ascienden y los que sirven de escalones para los que ascienden, está en el estado de ánimo y rápidamente me olvidé del asunto. Solo unos segundos antes de conciliar el sueño, ya en mi cama, tapada hasta el cuello, me permití pensar en la suerte. Y automáticamente, como si fueran dos casas apareadas del IPV, habitadas por individuos erradicados de una villa miseria, solo separados por una delgada pared muy permeable a los ruidos y a los olores, pensé en la vida de los pasajeros del 14 y la suerte. Y luego pensé en los que triunfan, y como la suerte, si es que existe, se arrastra hasta sus pies y ellos, por arriba de sus hombros, le dicen, aquí no, excusas, vete con los que temen.

Y pensé en el absurdo de algunas vidas y en lo difícil que es definir el absurdo. Y desde allí, como si fueran dos monoblocks limítrofes, pero no rivales, en cuyos promiscuos pasillos no llega el sol y silban las balas perdidas, pensé en el miedo, la vida de los resignados está llena de miedos. En cambio, en la casa de los elegidos, el miedo solo se trata de pequeñas sombras, que arroja un miedo mucho más grande, el miedo que azotará a los que siempre quedan abajo.