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Madres Castradoras

En una academia de ballet local, que en realidad es una casa adaptada para ser academia, desde muy pequeña K se vio obligada a tomar clases. Y tuvo la mala suerte de que gente autorizada para hablar, notó cosas muy acertadas para la edad. Y duplicaron sus horas de ensayos. Por consejo de gente que sabe, decía J, mamá de K y ex-bailarina, cada vez que podía sacar el tema con las amigas de pilates o con gente que se cruzaba por primera vez en la verdulería del supermercado.

Y así llegó el punto en el que K podía ejecutar pasos y movimientos como una autómata. Digamos que le era más fácil realizar un Grand jeté en medio de un pasillo de colectivo repleto, que establecer una conversación con otra persona.

Pero pasaron los años y su voluntad o su alma (que en este caso eran lo mismo), comenzó a deteriorarse. Pues a fin de cuentas, hasta ese momento, había estado sosteniendo toda la coreografía del infierno bajo un solo objetivo: ser mejor que su madre.

Y así es que por una cuestión u otra, a la edad de 36 años, sentada en el inodoro con las piernas cruzadas, se encontró ante dos cosas que cambiarían su vida en adelante:

  1. Las condiciones perfectas para ejecutar una venganza implacable.
  2. El valor para ir hasta la cocina, donde J seguramente estaría preparándose un jugo verde con mucha fibra, porque siempre le ha costado ir al baño, y enfrentarla, y decirle que solo hará una actuación más y ya no será bailarina, y que ella, su madre, nunca lo había sido en realidad, a pesar de restregarle constantemente, las pocas y esporádicas apariciones en papeles que a veces, y solo a veces, alcanzaban a ser secundarios y en teatros locales que rondaban entre el abandono y la quiebra.

Y antes de marcharse y agregar un portazo, dijo una cosa más:

_ En 6 meses, voy a tener un papel en el Colón y con eso he llegado más lejos que cualquier en esta inmunda familia -Y J ni siquiera supo que estaba pasando.

A un mes para el estreno K sufre un accidente automovilístico.

En ese momento J, estaba frente a la góndola de arroces y cereales integrales y recibió la noticia. Dejó la canasta de los víveres con cuidado en el suelo, miró a su alrededor y luego corrió hacia el estacionamiento del supermercado.

Por el camino tuvo miedo de morirse. Morirse sin más. Era un terror indefinible que parecía acrecentarse cada vez más, hasta que alguien tocó bocina en un semáforo que había cambiado a verde.

Cuando consigue llegar y ver a K sobre una cama, con la mirada perdida en el cielorraso pero consciente y con los ojos abiertos, siente una especie de alivio. Aunque K está devastada y ni siquiera tiene fuerzas para reaccionar ante su pierna izquierda suturada con hilos negros y llena de clavos. Y aquí ocurre el primer hecho extraño de esta historia. A J ahora la invade una fuerza perniciosa, la invade al punto que debe retirarse rápidamente de la habitación, para que K no lo note.

Lo que la invade es un tipo de energía, una energía muy parecida a la alegría, una de las versiones eléctricas de la alegría que le provoca una risa que le sacude todo el cuerpo. Le alegra, le alegra, es consciente, verla totalmente derrotada y sin pelear. Y después de un momento, logra verse alegrándose y se sorprende de no sentirse miserable. Y entonces la acompaña una sensación, aún más extraña que la primera. Se siente algo así como un objeto gracioso, se siente como debe sentirse una broma, si acaso las bromas pudieran sentirse así mismas, una broma ininteligible y mal ejecutada. Todo, se dijo (y en ese todo incluía la vida y se incluía ella), es un chiste mal contado por un idiota. Y eso no le pareció mal. Le pareció más bien que no tenía demasiada importancia, que nada tenía demasiada importancia y todo este tiempo, donde había esperado en silencio un tipo de venganza en la que nada había tenido que ver, ahora le parecía estúpido. Y no pudo evitar reír a carcajadas de nuevo. Y su risa atrajo la atención de los que circulaban aquella área del hospital, pero rápidamente alguien dijo: “Son los nervios”. Y todo volvió a pasar desapercibido, gracias a ese alguien que dijo eso y que probablemente, fuera otra madre, que entendía perfectamente lo que estaba pasando.