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Sueños

relatos muy breves

En los meses de Junio o Julio soñé que una de mis hermanas se enfermaba de algo terminal en la zona del abdomen. El velorio se realizaba directamente en el cementerio. Podía ver su ataúd de madera lustrada y luego a ella con un color pálido y azulado. En ese sueño también estaba mi padre pero no parecía nada preocupado. Tranquilo hijo, me dijo, este sueño no es sobre tu hermana. Me desperté pensando que alguien de mi familia se enfermaría. No mi hermana, aunque en el sueño se trataba de ella. Un tiempo después, algunas semanas o días, no lo recuerdo con precisión, se enfermó mi hermana pero no fue nada preocupante, al menos así lo parecía. Le dieron licencia en su trabajo por un par de semanas y luego todo volvió a la normalidad. O al menos eso me pareció, hasta que enfermó mi padre.

Estábamos realmente preocupados, googleábamos los síntomas y encontrábamos palabras terribles (ni siquiera me atrevo a decirlas). Entonces empecé a tener pesadillas nuevamente. Solo podía dormir un par de horas en la noche y luego pasaba el resto del día durmiéndome o tratando de dormir en cualquier parte (el mejor lugar para dormir en ese entonces, era la biblioteca de la facultad de arquitectura, donde reinaba la paz y el silencio). Una vez se me cayó el mate de la mano porque me quedé dormido mientras me hacíamos un trabajo práctico. Por esos días tuve otro sueño, la pensión de doña Zulema era una casa de pompas fúnebres. En la cochera había muchos ataúdes (solo eran de muestra) y hacia el fondo el sol inundaba el patio de tal manera que era imposible no encandilarse. Qué pasó con nuestra pensión, le pregunté a Doña Zulema. Se me empezaron a morir todos los niños (así es como nos llama a veces: mis niños), así que decidimos cambiar de rubro, dijo, de pensión a funeraria hay dos pasos. Entonces me pidió que me moviera porque alguien venía detrás de mí y lo tenía que atender (atendía detrás de un ataúd que servía de mostrador).

Cuando miré hacia atrás vi que se trataba de el “Nene” Ricarte , quien llevaba muerto muchos años para ese entonces. Su nombre real era Tomás Ricarte, mi padrino de bautismo, un hombre recto con un carácter brutal, que según la opinión de muchos, su palabra valía oro. Lo que decía el Nene Ricarte, equivalía a una declaración jurada firmada por uno, dos o tal vez una docena de escribanos, decía mi madre, su hermana menor. Siempre me dio ternura pensar en mi madre como una hermana menor, llegó a esta provincia sola, a los catorce años, bajo las órdenes de su hermano. El Nene jamás defraudó a nadie, aunque no se andaba con hueva’as. Los Ricarte siempre han sido unos Pedros Páramo sin plata, dijo alguien alguna vez, probablemente fui yo. Le pregunté que estaba haciendo en este sueño. Este sueño no es sobre mí, me dijo y su voz, extrañamente se parecía a la mía. Murió a los cincuenta, nunca supe exactamente de qué. Quién carajo se va a morir, le decía mientras se alejaba a pasos largo, pero siguió caminando hacia el fondo del terreno y la luz no me dejaba ver cuando desaparecía.

Mi madre una vez soñó con San Francisco del monte de Oro,  en su San Luis natal, con la casa donde había crecido a orillas del río Socoscora. Soñó que el río crecía y se llevaba todo, tan solo quedaba un árbol de pie frente a su casa. Y tres días más tarde el río creció. Un tiempo después, con la naturaleza más calma y los senderos borrados, atravesamos mucho campo hasta llegar a las ruinas y tan solo quedaba un árbol de pie frente a la casa. No hay literatura en esto.

Unos días después de soñar con la funeraria de Doña Zulema, soñé que caminaba por una acera de Mendoza, pero yo sabía que no era Mendoza, se trataba de alguna parte de San Juan que no había visto hasta entonces. Lo más extraño era que me visualizaba desde el exterior y desde el interior de mí mismo, al mismo tiempo. Y también, de alguna forma, sabía que ese no era yo, pero me estaba yendo. Y me llamaba Juan Carlos. Y me iba de la ciudad y algo así como una parte (la parte que escribe esto) se quedaba, sin una parte de mí pero que desde hacía tiempo, lo sentí cuando me desperté, quería exiliar. Es muy difícil que los sueños tengan sentido. Al menos los míos, apenas son el símbolo de alguna cosa que trata de revelárseme, un panorama interior de mi psicología o incluso, pueden ser sueños premonitorios. Me ha costado mucho trabajo saber cuándo se trata de uno de estos últimos, la clave está en el tiempo. Los sueños premonitorios transcurren más lentos que los otros y los detalles son un poco más apreciables.

Luego vinieron nuevas buenas. Descartaron las terribles palabras sobre mi padre y nadie estaba enfermo en mi familia. Los sueños simplemente se esfumaron.

Cuando éramos niños, mi padre siempre nos leía los cuentos de un escritor uruguayo que terminó sus días internado en un psiquiátrico. Mi madre decía que esos no eran cuentos para niños, pero él decía que eran cuentos para la vida. No sé exactamente a qué se refería. Nunca entendimos nada de lo que leía. Pero había un cuento en particular, se llamaba “El Caimán” o “El cocodrilo” o “La vaca”, no lo recuerdo ahora, pero todo giraba alrededor de alguien que se ponía a llorar en los lugares y los momentos más inesperados. Y ese era todo el argumento. Parece demasiado simple, pero en realidad quería decir otra cosa. Recuerdo casi literalmente algunas líneas que mi padre releía cuando pensaba que no había nadie en casa; decían algo así como: “Por un momento me hubiera querido salir de aquella tienda, de aquella ciudad, y de aquella vida. Y entonces tuve una idea, ¿Qué ocurriría si yo me pusiera a llorar aquí, delante de toda esta gente? Me pareció algo violento, pero hacía tiempo que quería sacudir al mundo de su acostumbramiento”.

Creo que soñar nos sirve para recordar eso, la amenaza callada de lo que camina con nosotros en la oscuridad. Lo otro. Y hay una cosa en común que tienen todos los sueños: siempre hay algo real detrás.